[ Imagen de cabecera: retrato imaginario de Horacio, de la Biblioteca Nacional de Austria ]
El autor y la obra
Uno de mis poetas latinos preferidos es Horacio (65 – 8 a. C.), a quien para poder ubicarlo en el tiempo podemos decir que fue coetáneo del geógrafo griego Estrabón y también de la familia gaditana de los Balbo. Finalizada la convulsa época de finales de la República romana, la paz augusta parece llevar por fin a la tranquilidad social y al disfrute del tiempo presente, sin esperar el amanecer del día siguiente que está por llegar y que, de hecho, algún día llegará irremisiblemente para todos. Las horas se convierten en el único momento vital, pues nadie puede aspirar a la inmortalidad. Y qué mejor que disfrutar de ese tiempo en primavera tras acabar la estación de los frutos muertos y del castigo de las lluvias o del granizo: «Las céleres lunas reparan, no obstante, los daños celestes». Tras la muerte, de nada sirve la riqueza que hayamos atesorado; ninguno de nosotros renacerá, ni se liberará del infierno quienes hayan descendido hasta él.
Manuscrito seleccionado
El manuscrito seleccionado es el codex Latinus 7900A, datado en el 880-920 d. C., que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia. Está escrito en carolina minúscula.
Texto latino
Diffugere niuues, redeunt iam gramina campis
arboribusque comae;
mutat terra uices et decrescentia ripas
flumina praetereunt;
Gratia cum Nymphis geminisque sororibus audet
ducere nuda choros.
Immortalia ne speres, monet annus et almum
quae rapit hora diem.
Frigora mitescunt zephyris, uer proterit aestas
interitura, simul
pomifer autumnus fruges effuderit, et mox
bruma recurrit iners.
Damna tamen celeres reparant caelestia lunae;
nos ubi decidimus,
quo pius Aeneas, quo Tullus diues et Ancus,
puluis et umbra sumus.
Quis scit an adiciant hodiernae crastina summae
tempora di superi?
cuncta manus auidas fugient heredis, amico
quae dederis animo.
Cum semel occideris et de te splendida Minos
fecerit arbitria,
non, Torquate, genus, non te facundia, non te
restituet pietas;
Infernis nequeenim tenebris Diana pudicum
liberat Hippolytum,
nec Lethaea ualet Theseus abrumpere caro
uincula Pirithoo.
Traducción
Desaparecieron las nieves, regresa ya la grama a los campos
y a los árboles las frondas;
muda la tierra sus rotaciones y, menguantes los ríos,
se apartan de las riberas.
La Gracia, con las Ninfas y hermanas gemelas, osa
dirigir desnuda los coros.
«¡No esperes la inmortalidad!», le recuerda el año al día nutricio
que las horas nos roban.
Los Céfiros mitigan los fríos, la primavera arrolla a la estación
que se acaba, igual que
el pomífero otoño dejó caer los frutos y luego
el invierno transcurrió inerte.
Las céleres lunas reparan, no obstante, los daños celestes;
nosotros, cuando sucumbimos,
como el pío Eneas, como el opulento Tulo y Anco,
polvo y sombra somos.
¿Quién sabe si los dioses superiores añadirán al final de hoy
un tiempo mañana?
Todo lo que con el alma hayas dado al amigo escapará
de las ávidas manos del heredero.
Una vez que mueras y Minos se haya formado
de ti un espléndido juicio,
no, Torcuato, ni tu clase, ni tu facundia, ni tu piedad
te harán renacer.
Pues ni de los tenebrosos infiernos Diana libera
al púdico Hipólito,
ni del Leteo es capaz de romper Teseo los vínculos
de su querido Pirítoo.

