[ Imagen de cabecera: inicio del libro III del manuscrito del s. XV de la Biblioteca Laurenciana de los Medici (Florencia) ]
El autor y la obra
Tiberius Catius Asconius Silius Italicus pasó a la historia de la Filología Clásica como Silio Itálico (c. 25-c. 101 d. C.), un abogado y político romano que se empeñó en ser poeta. Fue contemporáneo de Plinio el Viejo y de su sobrino, y vivió o sobrevivió a la época de Nerón, cuya muerte coincidió con el consulado de Silio Itálico. Prácticamente un desconocido para los que fuimos alumnos de Clásicas, escribió sin embargo una obra que ha podido perpetuarse en el tiempo hasta nuestro días, Punica, aunque no se hayan conservado de ella manuscritos anteriores al s. XV. Se trata de un poema épico escrito en hexámetros dactílicos, de traducción a veces compleja por lo forzado del metro, bello en la narración de los hechos, pero sin la habilidad de Lucano, Ovidio o del magistral Virgilio, a quien tanto admiraba. Plinio el Joven decía de él que era un buen tertuliano, recostado siempre en sus reuniones con sus amigos, pero que escribía poemas con mayor voluntad que ingenio (Epistulae II, 7). Sometía sus versos al criterio de la gente que le escuchaba durante sus recitaciones, contando entre otros con la complacencia del poeta satírico Marcial. Lo poco que decía de él Ludwig Bieler en su Historia de la literatura romana era que «el lenguaje y la versificación resultan austeros hasta la monotonía». Pero la lectura de este pasaje que he escogido aquí, lejos de ser monótono, suscita una ávida relectura de cada palabra, de cada frase, a fin de estar seguros de la correcta interpretación de dos realidades que siguen despertando enormemente el interés de los amantes de la historia: el templo de Hércules y el maremoto de Gades del 218 a. C. Con respecto al primero de los elementos del texto, la detallada descripción de la rica entrada esculpida con los trabajos de Hércules no tiene parangón en la literatura. En lo que se refiere al maremoto, según las fuentes de Silio Itálico ocurrió sin lugar a dudas y fue atestiguado ni más ni menos que por el propio general cartaginés Aníbal Barca el día que fue a depositar parte del botín de guerra de Sagunto en el templo de Hércules. En unas aguas tan surcadas por los bárcidas y, en general, por los marineros púnicos, el extraño fenómeno resultó ser algo sobrenatural, solo explicable a una demostración de poder de los dioses del mar. Nada que ver con un simple ciclo de mareas, como se ha llegado a afirmar. Este ejemplo reivindica la importancia de acudir siempre a las fuentes originales y no solo a las traducciones intermedias.
Manuscrito seleccionado
En esta entrada he elegido dos manuscritos: el primero de ellos está escrito en latín con una pulcra caligrafía carolina minúscula, datado en el s. XV, y pertenece a la Biblioteca Laurenciana de los Medici (Florencia); el segundo fue editado en Madrid en 1784 y se trata de una traducción al español realizada por Santiago Sáez, rey de armas de Carlos III.
Texto latino
Postquam rupta fides Tyriis, et moenia castae,
non aequo superum genitore, euersa Sagunti,
extemplo positos finiti cardine mundi
uictor adit populos cognataque limina Gades.
Nec uatum mentes agitare et praescia corda
cessatum super imperio. Citus aequore Bostar
uela dare et rerum praenoscere fata iubetur.
Prisca fides adytis longo seruatur ab aeuo
qua sublime sedens, Cirrhaeis aemulus antris,
inter anhelantis Garamantas corniger Hammon
fatidico pandit uenientia saecula luco.
Hinc omen coeptis et casus scire futuros
ante diem bellique uices nouisse petebat.
Exin clauigeri ueneratus numinis aras
captiuis onerat donis, quae nuper ab arce
uictor fumantis rapuit semusta Sagunti.
Vulgatum, nec cassa fides, ab origine fani
impositas durare trabes solasque per aeuum
condentum nouisse manus. Hinc credere gaudent
consedisse deum seniumque repellere templis.
Tum, quis fas et honos adyti penetralia nosse,
femineos prohibent gressus ac limine curant
saetigeros arcere sues; nec discolor ulli
ante aras cultus; uelantur corpora lino
et Pelusiaco praefulget stamine uertex.
Discinctis mos tura dare atque e lege parentum
sacrificam lato uestem distinguere clauo.
Pes nudus tonsaeque comae castumque cubile;
irrestincta focis seruant altaria flammae.
Sed nulla effigies simulacraue nota deorum
maiestate locum et sacro impleuere timore.
In foribus labor Alcidae: Lernaea recisis
anguibus hydra iacet, nexuque elisa leonis
ora Cleonaei patulo caelantur hiatu.
At Stygius, saeuis terrens latratibus umbras,
ianitor, aeterno tum primum tractus ab antro,
uincla indignatur, metuitque Megaera catenas.
Iuxta Thraces equi pestisque Erymanthia et altos
aeripedis ramos superantia cornua cerui.
Nec leuior uinci Libycae telluris alumnus
matre super, stratique genus deforme bimembres
Centauri frontemque minor nunc amnis Acarnan.
Inter quae fulget sacratis ignibus Oete,
ingentemque animam rapiunt ad sidera flammae.
Postquam oculos uaria impleuit uirtutis imago,
mira dehinc cernit: surgentis mole profundi
iniectum terris subitum mare nullaque circa
litora et infuso stagnantis aequore campos.
Nam qua caeruleis Nereus euoluitur antris
atque immo freta contorquet Neptunia fundo,
proruptum exundat pelagus, caecosque relaxans
Oceanus fontis torrentibus ingruit undis.
Tum uada, ceu saeuo penitus permota tridenti,
luctantur terris tumefactum imponere pontum.
Mox remeat gurges tractoque relabitur aestu,
ac ratis erepto campis deserta profundo,
et fusi transtris exspectant aequora nautae.
Cymothoes ea regna uagae pelagique labores
Luna mouet, Luna, immissis per caerula bigis,
fertque refertque fretum, sequiturque reciproca Tethys.
Haec propere spectate duci; nam multa fatigant.
Traducción
Una vez rota la fidelidad con los tirios y derribadas las honrosas murallas de Sagunto, sin la ecuanimidad del creador celestial, el vencedor se dirige inmediatamente a los pueblos situados en los confines del mundo y a los conocidos límites de Gades. Y no tardó en revolver las mentes y los proféticos corazones de los adivinos acerca de su poder supremo. Apremia a Bostar1 a largar velas al mar y le ordena adelantarse a conocer los hados de la guerra. Hace largo tiempo que la antigua fe se conserva en las cámaras sagradas donde, sentándose sublime, al igual que en las grutas de Cirra, el cornúpeta Amón revela entre los jadeantes garamantes los siglos venideros en su bosque sagrado2. Pedía saber de allí el presagio para sus empresas y las circunstancias futuras antes de llegar el día: conocer las vicisitudes de la guerra. Para ello, honra al numen portador de la clava3 [3], venerándolo, con los dones cautivados que hacía poco, victorioso, arrebató medio quemados de la fortaleza del humeante Sagunto. Se cuenta, y no con escasa fe, que perduran las vigas colocadas desde los orígenes del santuario y que al cabo del tiempo solo ha conocido las manos de sus fundadores. Gozan de creer que el dios había decidido afincarse allí y acabar con el envejecimiento de los templos. Además, quienes han tenido el privilegio divino y el honor de conocer lo más recóndito de su cámara sagrada prohíben el paso a las mujeres y procuran vallárselo a los hirsutos cerdos. Y ante los altares ninguno de ellos se viste de distinto color; se cubren los cuerpos con lino y su coronilla resplandece con el estambre de Pelusio. Acostumbran a repartir incienso despojados del cíngulo y siguiendo una ley de los antepasados le dan distinción a la vestimenta sacrificial mediante una ancha banda púrpura. El pie desnudo, los cabellos rapados y una cama honrosa. Las llamas de los fuegos mantienen los altares sin apagarse. Pero el que no haya ninguna efigie o representación conocida de dioses colma el lugar de una majestuosidad y de un temor sagrado. En la entrada, los trabajos del Alcida: la hidra de Lerna yace con sus serpientes cercenadas y las fauces del león de Cleonas4, desencajadas de su sitio, están cinceladas en un amplio hueco. En cuanto al guardián de la Estigia5, el que aterroriza a las sombras con sus rabiosos ladridos, tras ser extraído por vez primera de su eterna gruta, está indignado por los grilletes; y Megera6 teme ser encadenada. Al lado están las yeguas de Tracia7, el azote de Erimanto8 y los cuernos de la cierva de broncíneas patas9 sobresaliendo entre el ramaje. Y el vástago de la tierra libia10, no más fácil de vencer encima de su madre; y tendidos en el suelo, los bimembres centauros, esa especie deforme, y el río de Acarnania11, ahora con un cuerno menos. Entre tales cosas refulge el Eta con sus fuegos sagrados, llevándose las llamas su ingente alma hasta las estrellas.
Después de que tan variada expresión del valor le saciara la vista, se fija a continuación en algo asombroso: una mole surgida de las profundidades lanza el mar súbitamente contra la tierra y nada queda en torno al litoral ni a los campos que anega con la profusa marea. Pues desde donde Nereo sale rodando de sus azuladas grutas y desde el fondo revuelve en consecuencia el mar de Neptuno, el piélago se desborda con fuerza; y desatando sus invisibles fuentes, el océano se avalanza en un torrente de olas. A continuación, el oleaje, agitado desde lo más hondo por el furioso tridente, lucha con la tierra por imponer el hinchado ponto. Luego el torbellino remite y, contrayéndose, refluye con ardor, tanto que el barco queda varado en el campo por las profundidades que lo arrastraron; y los marineros, sujetados a los bancos de remo, esperan la marea. De la errante Cymothoe, la Luna conmueve sus reinos y las obras del piélago, Luna que enviando sus bigas a través del azul lleva y trae el mar, imitándola Tetis recíprocamente.
El general lo contempla con prisa; pues le preocupan muchas cosas.
Notas:
- Lugarteniente de Aníbal Barca, presente en la toma de Sagunto. ↩︎
- Al dios egipcio Amón se le representaba con cabeza de carnero. Silio Itálico se refiere aquí muy probablemente a los bosques de columnas o salas hipóstilas que acostumbraban a soportar los templos de Amón, como el de Karnak, en Luxor. ↩︎
- Hércules. ↩︎
- Matar al León de Nemea fue el primer trabajo de Hércules. Cleonas era el lugar donde llevó sus despojos después de darle muerte. ↩︎
- El perro Cerbero. ↩︎
- Megera es una de las tres Erinias, la diosa de los celos. Probablemente su temor se deba a que Hércules la hiciera culpable de haber sido enviada por Hera para nublarle la razón y obligarle a dar muerte a su esposa e hijos. ↩︎
- Las yeguas de Diomedes. ↩︎
- El jabalí de Erimanto. ↩︎
- La cierva de Cerinea. ↩︎
- Se refiere a Anteo, rey líbico hijo de Poseidón y Gea, quien daba muerte a todo el que osaba cruzar por sus territorios. Su fuerza se realimentaba cada vez que tocaba con el cuerpo a su madre, es decir, el suelo. ↩︎
- El río Aqueloo. ↩︎

