[ Imagen de cabecera: portada de la edición del Memorial literario de 1806 ]
El autor y la obra
Antonio Carbonell y Borja era hijo de un gran ilustrado, Joseph Carbonell y Fougasse, políglota, maestro de Griego y amigo íntimo de Campomanes. Siendo Antonio aún muy pequeño, padre e hijo junto al resto de la familia se trasladaron desde la corte hasta Cádiz a raíz de una propuesta profesional que el marino y científico Jorge Juan y Santacilia, en calidad de director de la Compañía de Guardiamarinas, le ofreció para ejercer como profesor de sus alumnos. El traslado se produjo en 1953 y dos años después aconteció el devastador terremoto de Lisboa. Joseph Carbonell compartió tertulias literarias con el astrónomo Louis Godin, Antonio de Ulloa, el historiador malagueño Luis José Velázquez o el cirujano Pedro Virgili, donde debió escuchar y retener en la memoria las conversaciones que sus mayores mantuvieron sobre los efectos del maremoto. De este modo, la oportunidad que le llevó a ser testigo directo del dramático episodio la aprovechó para escribir cincuenta y un años después este artículo, más literario que científico. No obstante, el lapso de tiempo transcurrido tergiversó sin duda una parte de sus recuerdos, que intentó complementar con algunas fuentes escritas en la época en que ocurrió. Se mezclan, por tanto, realidad y adulteración, que iré aclarando en las notas. Antonio Carbonell y Borja llegó a ser maestro de Geografía y Griego en el Real Seminario de Nobles de Madrid, además de numismático. Sus obras científicas fueron muy criticadas y ciertamente carecían de una calidad que recomendara su publicación en ediciones de prestigio, más allá de diarios y revistas de cierto entretenimiento cultural.
Digitalización seleccionada
La digitalización del texto original que he seleccionado es la realizada por la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. El artículo de Antonio Carbonell fue publicado dentro del tomo VII del Memorial Literario o Biblioteca Periódica de Ciencias, Literatura y Artes, de edición trimestral, concretamente en el núm. 23 del 20 de agosto de 1806. Curiosamente se presentó dentro del apartado dedicado a la Meteorología, que obviamente no guarda relación alguna con los fenómenos geológicos, como son los terremotos.
Razón de las circunstancias del terremoto acaecido en Cádiz a primero de noviembre de 1755 hallándose el día en la mayor serenidad, por D. A. C. B. como testigo de vista
A las nueve y tres cuartos del día, con corta diferencia1, comenzó a temblar la tierra con un movimiento tardo que, aunque perceptible, nadie lo atribuyó a terremoto y sí todos a accidente personal a cada uno; hasta que pasados ocho minutos creció el movimiento tanto que algunos no pudiéndolo aguantar en pie: se vieron precisados a echarse a tierra; otros se asieron de las rejas de las calles en que se hallaron entonces; y, finalmente, todos se procuraron arrimar al refugio más próximo durante los dos balances y contrabalances que dio toda la tierra, que duraron como dos minutos, los que pasados, quedó temblando con la misma tarda lentitud que había comenzado en su principio hasta las diez y cinco minutos2. Este accidente imprevisto, como irregular en este país, puso a sus habitantes en tanta consternación que clamaba el tumulto en las iglesias (de las que huían hasta los sacerdotes que estaban celebrando), pidiendo absolución de sus culpas, que confesaban a voces.
Pasado este primer impulso quedó todo sereno y cada uno averiguando las ruinas que ocasionó tal terremoto, que se reducen a haberse desnivelado la torre de Santa Catalina, caídose una cruz de la de Santo Domingo, el tejado de la parte oeste de la iglesia de San Antonio (todos edificios fuertes) y haber quedado muchas casas tan deterioradas que ha sido preciso apuntalarlas3; y poner guardias que impidan el paso a fin de evitar las desgracias que de lo contrario se debían temer. Pero como no ocasionó muertes este estrago, se atemorizó poco el común, que se divertía en contar el juicio que cada uno había formado al principio y el estado en que le había cogido su mayor fuerza; hasta que a las once, impelido el mar del movimiento de la tierra, salió de su centro con tal ímpetu que hallando resistencia en la muralla que circunda esta plaza desde el castillo de Santa Catalina hasta la puerta que llaman de la Caleta, rompió de ella toda la superficie, esto es, lo que no está defendido con el ampo o terreno que le sirve de terraplén de medio abajo por la parte de la ciudad, siendo mayor prueba de su fortaleza haber traído a un tiro de fusil, dentro del recinto, lienzos de muralla de a cinco brazas que aún existen enteros.
Con esta fuerza entró el mar tres veces de seis a seis minutos que tardaba su flujo y reflujo, dejando en seco cerca de media legua de playa4. Los vecinos del barrio de la Viña, más próximos al mar por aquella parte, padecieron gravísimo daño, el que se extendió a las vidas de muchos que no pudieron huir con la brevedad que pedía la necesidad, especialmente niños y mujeres, cuyo número no se sabe de cierto. Los lamentos de los que huyeron dejando anegada sus casas hasta los techos5 causó la mayor confusión a los del interior de la ciudad, que huyeron también del tropel sin saber a dónde; y perecieron muchos que, creyendo huían del peligro saliendo por la Puerta de Tierra, perecieron ahogados, porque allí se juntaron (por ser paraje más bajo) los dos mares al tiempo de su flujo; y como en el reflujo quedaba libre el camino, solo se conocía el riesgo cuando ya era inevitable. Este peligro hubiera causado mayores desgracias por haber durado todo el día, si no se hubiese evitado por el caballero Gobernador de la plaza que mandó inmediatamente que a nadie se dejase salir por aquella puerta. No obstante perecieron más de cuatrocientas personas que habían salido antes de la orden del Gobernador. El más notable fue el hijo del famoso Racine, que con Mr. Plissé Masson, iban en un volante6 para la Isla. Un hombre a caballo fue llevado hasta Puntales y salió con felicidad por ser buen jinete, y no se asustó7.
Al mismo tiempo que el mar entró por la Caleta, entró también por las puertas de la bahía hasta la plaza de San Juan de Dios, donde se juntó con el que venía de la parte opuesta8, ocasionando bastante estragos y muchas muertes cuyo número fijo se ignora todavía. A las doce y media, aunque el mar estaba vehementemente agitado, ya no entraba en la ciudad9; pero sus vecinos, atemorizados de lo sucedido y temiendo nuevo acontecimiento a las doce de la noche, hora en que era crecida la marea10, hechos cargo de que era este suceso castigo de la justicia de Dios, imploraban con lamentos y lágrimas su misericordia, así en las iglesias (donde estaba su Majestad patente), como en las calles que estaban cubiertas de procesiones, rogativas y misiones; y mediante sus oraciones fue Dios servido de aplacar su ira. Fuese el mar serenando poco a poco, de suerte que a las veinte y cuatro ya no se conocía que hubiese tenido movimiento alguno.
En todos los lugares de esta inmediación fue igual el terremoto, y en los puertos hizo mucho estrago el mar, especialmente en Conil y en el barrio de Triana de Sevilla: las demás particularidades de la comarca no se saben aún por el poco tiempo que ha pasado11. Se supo después lo siguiente:
Conil. Anegado en el todo e intransitable, según corre la voz.
Sevilla. De esta llegó al amanecer un propio al Gobernador de esta plaza y la carta que traía contiene la ruina de muchos templos, casas y personas, sin decirse el número en ninguna clase, pero mañana se sabrá por el correo.
Sanlúcar de Barrameda. Esta se dice se anegó un barrio con mucha ruina de casas y personas.
Isla de León. De esta avisa aquel Gobernador (según dicen) haber aparecídose en aquellos alrededores veintiséis cuerpos muertos, de los que van buscando su consuelo.
Puerto de Santa María. En esta población se dice haberse arruinado varias casas y entre ellas las de los Pizarrones y Reinosos, con bastantes muertos.
Jerez de la Frontera. En esta, cinco torres de cinco iglesias parroquiales, con la de la Catedral y la una que se dice ser de San Dionisio, casi arruinada, de la que sacaron a su Majestad sacramentado, vírgenes y santos, y no se dice de muertos.
Parece que bastará lo referido para hacerse cargo de los efectos que causaría este espantoso terremoto en otros varios puertos, como lo experimentó Lisboa, que quedó medio arruinada.
De Vmds. S. S. S. D. A. C. B.
Las ondas sísmicas
Al comienzo de la narración, Antonio Carbonell describe sin saberlo la llegada de las ondas primarias (P) y secundarias (S) liberadas por el fenómeno geológico. El movimiento tardo al que se refiere el autor identifica la llegada de las ondas P, más suaves que las ondas S. Estas últimas son muy violentas y actúan sobre los edificios en forma de cizalla, provocando grietas cortantes y colapsos de estructuras. Estas ondas S fueron las que dificultaban a las personas mantenerse en pie o les obligaban a echarse al suelo. La tarda lentitud final es la forma en que expresa igualmente el alejamiento o atenuación de las ondas sísmicas.
Acometidas del mar
Antonio de Ulloa, fundador del Observatorio Astronómico de Cádiz, identificó seis entradas y retiradas del mar, las tres primeras a intervalos de 20 minutos y las siguientes a intervalos de 40 minutos, iniciándose a las 11:10 y prosiguiendo a 11:30, 11:50, 12:30, 13:10 y 13:50. A partir de la última retirada, el mar, aunque revuelto, no se introducía ya en tierra firme.
Víctimas
Antonio Carbonell eleva la cifra de ahogados a más de cuatrocientos en el camino entre Cádiz y la Isla de León, pero incluso la suma calculada por Louis Godin en más de doscientos parece exagerada. El corregidor de la Isla de León, Juan Nicolás Exea y Mula, aseguró que solo se recuperaron 22 cadáveres entre el caño de Sancti Petri y el río Arillo. Por su parte, el gobernador de Cádiz, Antonio de Azlor, confirmó otros 34 incluyendo los arrabales. Unas 13 o 14 personas murieron en la Caleta, entre ellas 9 pescadores y algún que otro niño del hospicio cercano que se ahogaron dentro de sus cunas arrastradas por las corrientes. Un tal Alonso Espinosa recibió un golpe en el pecho con un puntal de andamio que apareció flotando sobre las aguas y murió horas después en el hospital de la Misericordia. En el exterior de Puerta de Tierra se ahogaron 4 mujeres y dos niños que iban de paseo, además de un hombre llamado Alonso Rodríguez que vivía en Puntales. Los dos fallecidos que más consternación causaron fueron Jean Racine y Jean Joseph Plissé-Masson, dado que el primero de ellos era hijo único del poeta francés Louis Racine y nieto del afamado dramaturgo Jean Racine.
Daños
Uno de los daños causados por el terremoto fue la caída de la cruz que remataba la torre de cuatro cuerpos de la iglesia de Santo Domingo, aunque en ello influyó el que hubiera sido recientemente colocada y el mortero estuviera fresco, como comentó en una crónica del suceso un miembro de la familia irlandesa McMahon presente en esos momentos en la ciudad.
Notas:
- Efectivamente, según Louis Godin las primeras ondas sísmicas se comenzaron a sentir a las 09:52. ↩︎
- Según el mismo Louis Godin, las ondas sísmicas terminaron de sentirse a las 10:01, por lo que el terremoto tuvo una duración de 9 min, con dos breves pausas intermedias a las 09:54 y 09:57, en las que parecía cesar o atenuarse todo movimiento. ↩︎
- Los testimonios documentales conservados solo hablan del hundimiento de dos edificios que ya amenazaban ruina en la viña de Malabar y de una casa habitada en el barrio del Pópulo, que se saldó sin víctimas. En muchos muros afloraron grietas y es posible que, como indica Carbonell, tuvieran que ser apuntalados los forjados. ↩︎
- Media legua equivale aproximadamente a 2,5 km, lo cual parece dar cierta veracidad, dentro de la exageración, a la legua en que se dice se retiraron las aguas en otro episodio anterior en 1731. ↩︎
- Debe referirse al techo de las plantas bajas de las casas que estaban enfrentadas a la playa de la Caleta, ya que la altura del mar por encima de las murallas no se elevaron por encima de las 3 varas castellanas, es decir, 2,5 m. ↩︎
- Un volante o volanta era un carruaje ligero, normalmente de un solo eje y con ruedas de gran radio. ↩︎
- Buscar la fuente de la que se nutre Antonio Carbonell. ↩︎
- En realidad no se llegaron a unir. Por Sagasta no llegó a la esquina de Porriños. ↩︎
- Contrastar. ↩︎
- Puesto que el maremoto tuvo lugar a la 5ª hora de la pleamar, la siguiente pleamar debió ocurrir a las once y no a las doce de la noche. ↩︎
- Aquí se demuestra que Carbonell consultó fuentes primarias, ya que en la fecha en que escribe el artículo no se puede decir que ha pasado poco tiempo. ↩︎

