LUCIO ANNEO SÉNECA | Naturales quaestiones (VI, 1-4)

[ Imagen de cabecera: cuadro del pintor Manuel Domínguez Sánchez titulado Séneca, después de abrirse las venas, se mete en un baño y sus amigos, poseídos de dolor, juran odio a Nerón que decretó la muerte de su maestro ]

El autor y la obra

Lucio Anneo Séneca (4 a. C. – 65 d. C.) nació en Córdoba, en el seno de una familia ecuestre. Sin embargo, su familia materna lo trasladó pronto a Roma, donde estudió gramática, retórica y filosofía —inclinándose por el estoicismo—, y donde viviría la mayor parte de su vida. Ejerció la abogacía y ocupó varios cargos públicos, aunque su cercanía al gobierno y a los emperadores le llevaría a ser sospechoso de conspiraciones, lo que le llevó a una forzada muerte por mandato de Nerón: falleció desangrado en la bañera de su casa por autolisis. Al menos dos años antes de su muerte, sin ser consciente aún de este terrible destino, se encontraba escribiendo su obra Cuestiones naturales. Deducimos este dato de la referencia que hace en su libro VI al terremoto de Pompeya acaecido en el año 63 d. C., anterior por tanto a la gran erupción volcánica del 79 d. C., que lamentablemente Séneca no pudo presenciar para confirmar sus teorías sobre la recurrencia de los terremotos: «El destino da vueltas y, si ha transcurrido mucho tiempo, se repite». Escribió la obra dos años antes de su muerte y dedicó íntegramente el libro VI a intentar explicar las causas los terremotos. En un mundo afectado constantemente por los fenómenos naturales extremos, Séneca se propuso convencer al lector de que no había nada, nadie ni ningún lugar exento de uno u otro peligro, que podrá desencadenarse con mayor o menor intensidad, pero ocurrirá más tarde o más temprano. En este sentido, la tierra está en constante movimiento, quién sabe —a su entender— si por causa del fuego, del agua o del aire, es decir, los tres elementos en los que basará su teoría a partir del capítulo 5. Durante un terremoto, permanecer al aire libre ni siquiera es garantía de seguridad. Lo mismo debió pensar Plinio el Viejo a los pies del Vesubio, según narró su sobrino; de hecho, salió de la vivienda en la que se encontraba hospedado y murió asfixiado tras inhalar una emanación de gases sulfurosos procedentes del volcán. Ante cualquier catástrofe la muerte nos iguala; nada importa si morimos solos o en compañía de más gente. Decía Séneca —y sigue sin solución— que los terremotos no se pueden prever ni evitar y que solo el conocimiento que tengamos sobre ellos permitirá ahuyentar el miedo y reaccionar adecuadamente ante sus efectos.

El problema de la datación del terremoto

Algo que divide a los investigadores es si este sismo, precursor de la erupción de Pompeya, sucedió en el año 62 o en el 63 d. C. El problema deviene de la contradicción surgida a raíz de una cita de Tácito (Annales XIV, 22), quien data este suceso en el 62, durante el consulado de Mario y Afinio. Cabe decir que Séneca tenía unos 67 años cuando pasó esto, mientras que Tácito tenía por entonces unos ocho años y, por tanto, para describirlo tuvo necesariamente que recurrir a fuentes orales o escritas, entre ellas, del propio Séneca. La sismóloga Emanuela Guidoboni (Catalogue of ancient earthquakes in the Mediterranean area up to the 10th century, p. 199), así como la filóloga Carmen Codoñer en su edición de las Quaestiones naturales, se inclinan por el año 62, esto es, por la obra de Tácito; sin embargo, personalmente me inclino por asegurar que ocurrió en el 63, tal como aseveró Séneca. Todos comparten unánimemente que ocurrió un 5 de febrero, aceptando sin fisuras el día y el mes marcado por Séneca, pero no así el año. Por tanto, ya tenemos una razón para pensar que no pudo ser en el año 62, ya que Tácito menciona el episodio, y muy de pasada, al final de ese año, siguiendo un recorrido en orden cronológico que marca la estructura general de la obra completa. Tanto es así que Tácito describe durante el 62, y en este orden, la muerte de Octavia, esposa de Nerón, acaecida en el mes de junio; el hundimiento de unas doscientas naves por un temporal que razonablemente debió ocurrir en otoño o invierno; y el incendio del gimnasio de Roma y de la estatua de Nerón por la caída de un rayo, fenómeno natural que debió ocurrir a partir de septiembre. Por otra parte, Séneca menciona que lo que hubo en el 62 fue un terremoto importante en Acaya y Macedonia. El autor portugués Joachim Joseph Moreira de Mendonça, en su Historia universal dos terremotos (1758), no registra en el año 62, ni anteriores, ningún terremoto devastador en estas dos áreas griegas; pero sí uno muy destructivo en Hierápolis, Colosas y Laodicena, en la actual Turquía y cerca del mar Egeo, que Tácito (Annales XIV, 27) retrotrae al año 60. Este terremoto es el que dentro de una amplia área macrosísmica debió dañar al mismo tiempo las ciudades de Acaya y Macedonia. En definitiva, los testimonios de los que disponemos y su cotejo nos deben llevar a situarlo el 5 de febrero del 63 d. C.

Manuscrito seleccionado

Como afirma la filóloga Carmen Codoñer en su edición del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de 1979, los manuscritos existentes de las Quaestiones naturales se clasifican en dos grandes familias, Φ y Δ, que se diferencian entre sí básicamente en la ordenación de los libros y en la presencia u omisión de pasajes, existiendo una tercera familia intermedia con características de ambas. Uno de los manuscritos más antiguos es L, que emparenta con Φ, de la que se conserva una copia en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Se trata del manuscrito O-III-2, datado en el s. XIV, compuesto en pergamino en 198 folios de pergamino y escrito en caligrafía gótica redonda.

Texto latino

1

[1] Pompeios, celebrem Campaniae urbem, in quam ab altera parte Surrentinum Stabianumque litus, ab altera Herculanense conueniunt et mare ex aperto reductum amoeno sinu cingunt, consedisse terrae motu, uexatis quaecumque adiacebant regionibus, Lucili, uirorum optime, audiuimus, et quidem hibernis diebus, quos uacare a tali periculo maiores nostri solebant promittere. [2] Nonis Februariis hic fuit motus, Regulo et Verginio consulibus, qui Campaniam, numquam securam huius mali, indemnem tamen et totiens defunctam metu, magna strage uastauit. Nam et Herculanensis oppidi pars ruit dubieque stant etiam quae relicta sunt, et Nucerinorum colonia, ut sine clade, ita non sine querela est. Neapolis quoque priuatim multa, publice nihil amisit leuiter ingenti malo perstricta; uillae uero prorutae, passim sine iniuria tremuere. [3] Adiciuntur his illa: sexcentarum ouium gregem exanimatum et diuisas statuas, motae post hoc mentis aliquos atque impotentes sui errasse.

Quorum ut causas excutiamus, et propositi operis contextus exigit et ipse in hoc tempus congruens casus. [4] Quaerenda sunt trepidis solacia et demendus ingens timor. Quid enim cuiquam satis tutum uideri potest, si mundus ipse concutitur et partes eius solidissimae labant? Si quod unum immobile est in illo fixumque, ut cuncta in se intenta sustineat, fluctuatur, si quod proprium habet terra perdidit, stare, ubi tandem resident metus nostri? Quod corpora receptaculum inuenient, quo sollicita confugiant, si ab imo metus nascitur et funditus trahitur? [5] Consternatio omnium est ubi tecta crepuerunt et ruina signum dedit. Tunc praeceps quisque se proripit et penates suos deserit ac se publico credit. Quam latebram prospicimus, quod auxilium, si orbis ipse ruinas agitat, si hoc quod nos tuetur ac sustinet, supra quod urbes sitae sunt, quod fundamentum quidam mundi esse dixerunt, discedit ac titubat? [6] Quid tibi esse non dico auxilii sed solacii potest, ubi timor fugam perdidit? Quid est, inquam, satis munitum, quid ad tutelam alterius ac sui firmum? Hostem muro repellam, et praeruptae altitudinis castella uel magnos exercitus difficultate aditus morabuntur; a tempestate nos uindicat portus; nimborum uim effusam et sine fine cadentes aquas tecta propellunt; fugientes non sequitur incendium; aduersus tonitruum et minas caeli subterraneae domus et defossi in altum specus remedia sunt ―ignis ille caelestis non transuerberat terram, sed exiguo eius obiectu retunditur―; in pestilentia mutare sedes licet. Nullum malum sine effugio est. [7] Numquam fulmina populos perusserunt; pestilens caelum exhaisit urbes, non abstulit. Hoc malum latissime patet ineuitabile, auidum, publice noxium: non enim domos solum aut familias aut urbes singulas haurit, gentes totas regionesque submergit et modo ruinis operit, modo in altam uoraginem condit ac ne id quidem relinquit ex quo appareat quod non est saltem fuisse, sed supra nobilissimas urbes sine ullo uestigio prioris habitus solum extenditur.

[8] Nec desunt qui hoc genus mortis magis timeant quo in abruptum cum sedibus suis eunt et e uiuorum numero uiui auferuntur, tamquam non omne fatum ad eundem terminum ueniat. Hoc habet inter cetera iustitiae suae natura praecipuum quod, cum ad exitum uentum est, omnes in aequo sumus. [9] Nihil itaque interest utrum me lapis unus elidat, an monte toto premar; utrum supra me domus unius onus ueniat et sub exiguo eius cumulo ac puluere exspirem, an totus caput meum terrarum orbis abscondat; in luce hunc et in aperto spiritum reddam an in uasto terrarum dehiscentium sinu; solus in illud profundum an cum magno comitatu populorum concadentium ferar. Nihil interest mea quantus circa mortem meam tumultus sit; ipsa ubique tantundem est.

[10] Proinde magnum sumamus animum aduersus istam cladem, quae nec euitari nec prouideri potest, desinamusque audire istos, qui Campaniae renuntiauerunt quique post hunc casum emigrauerunt negantque ipsos umquam in illam regionem accessuros. Quis enim illis promittit melioribus fundamentis hoc aut illud solum stare? [11] Omnia eiusdem sortis sunt et, si nondum mota, tamen mobilia. Hunc fortasse in quo securius consistitis locum haec nox aut hic ante noctem dies scindet. Vnde scias an melior eorum locorum condicio sit in quibus iam uires suas fortuna consumpsit et quae in futurum ruina sua fulta sunt? [12] Erramus enim, si ullam terrarum partem exceptam immunemque ab hoc periculo credimus. Omnes sub eadem iacent lege: nihil ita ut immobile esset natura concepit; alia temporibus aliis cadunt et, quemadmodum in urbibus magnis nunc haec domus nunc illa suspenditur, ita in hoc orbe terrarum nunc haec pars facit uitium nunc illa. [13] Tyros aliquando infamis ruinis fuit; Asia duodecim urbes simul perdidit; anno priore Achaiam et Macedoniam, quaecumque est ista uis mali quae incurrit nunc Campaniam, laesit. Circumiit fatum et, si quid diu praeterit, repetit. Quaedam rarius sollicitat, saepius quaedam; nihil immune esse et innoxium sinit. [14] Non homines tantum, qui breuis et caduca res nascimur, urbes oraeque terrarum et litora et ipsum mare in seruitutem fati uenit. Nos tamen nobis permansura promittimus bona fortunae, et felicitatem, cuius ex omnibus rebus humanis uelocissima est leuitas, habituram in aliquo pondus ac moram credimus. [15] Et perpetua sibi omnia promittentibus in mentem non uenit id ipsum supra quod stamus stabile non esse. Neque enim Campaniae istud aut Achaiae sed omnis soli uitium est, male cohaerere et ex causis pluribus solui et summa manere, partibus ruere.

2

[1] Quid ago? Solacium aduersus pericula rara promiseram; ecce undique timenda denuntio, nego quicquam esse quietis aeternae, quod perire possit et perdere. Ego uero hoc ipsum solacii loco pono, et quidem ualentissimi, quando quidem sine remedio timor stultis est: ratio terrorem prudentibus excutit; imperitis magna fit ex desperatione securitas. [2] Hoc itaque generi humano dictum puta quod illis subita captiuitate inter ignes et hostem stupentibus dictum est:

«Vna salus uictis nullam sperare salutem»1

[3] Si uultis nihil timere, cogitate omnia esse metuenda. Circumspicite quam leuibus causis discutiamur: non cibus nobis, non umor, non uigilia, non somnus sine mensura quadam salubria sunt. Iam intellegetis nugatoria esse nos et imbecilla corpuscula, fluida, non magna molitione perdenda. Sine dubio id unum periculi nobis est quod tremunt terrae, quod subito dissipantur ac superposita deducunt? [4] Magni se aestimat qui fulmina et motus terrarum hiatusque formidat. Vult ille imbecillitatis sibi suae conscius timere pituitam? Ita uidelicet nati sumus, tam felicia sortiti membra, in hanc magnitudinem creuimus. Et ob hoc, nisi mundi partibus motis, nisi caelum intonuerit, nisi terra subsederit, perire non possumus! [5] Vnguiculi nos et ne totius quidem dolor sed aliqua ab latere eius scissura conficit! Et ego timeam terras trementes, quem crassior saliua suffocat?, ego extimescam emotum sedibus suis mare et ne aestus maiore quam solet cursu plus aquarum trahens superueniat, cum quosdam strangulauerit potio male lapsa per fauces? Quam stultum est mare horrere, cum scias stillicidio perire te posse!

[6] Nullum maius solacium est mortis quam ipsa mortalitas; nullum autem omnium istorum quae extrinsecus terrent quam quod innumerabilia pericula in ipso sinu sunt. Quid enim dementius quam ad tonitrua succidere et sub terram correpere fulminum metu? Quid stultius quam timere nutationem terrae aut subitos montium lapsus et irruptiones maris extra litus eiecti, cum mors ubique praesto sit et undique occurrat nihilque sit tam exiguum quod non in perniciem generis humani satis ualeat?

[7] Adeo non debent nos ista confundere, tamquam plus in se mali habeant quam uulgaris mors, ut contra, cum sit necessarium e uita exire et aliquando emittere animam, maiore perire ratione iuuet. Necesse est mori ubicumque, quandoque; stet licet ista humus et se teneat suis finibus nec ulla iactetur iniuria, supra me quandoque erit. [Quid] interest, ego illam mihi an ipsa se mihi imponat? [8] Diducitur et ingenti potentia nescio cuius mali rumpitur et me in immensam altitudinem abducit; quid porro? Mors leuior in plano est? Quid habeo quod querar, si rerum natura me non uult iacere ignobili leto, si mihi inicit sui partem? [9] Egregie Vagellius meus in illo inclito carmine: «Si cadendum est», inquit, «e caelo cecidisse uelim». Idem [mihi] licet dicere: si cadendum est, cadam orbe concusso, non quia fas est optare publicam cladem, sed quia ingens mortis solacium est terram quoque uidere mortalem.

3

[1] Illud quoque proderit praesumere animo nihil horum deos facere nec ira numinum aut caelum conuerti aut terram: suas ista causas habent nec ex imperio saeuiunt sed quibusdam uitiis ut corpora nostra turbantur, et tunc, cum facere uidentur iniuriam, accipiunt. [2] Nobis autem ignorantibus uerum omnia terribiliora sunt, utique quorum metum raritas auget; leuius accidunt familiaria; ex insolito formido maior est. Quare autem quicquam nobis insolitum est? Quia naturam oculis, non ratione, comprehendimus, nec cogitamus quid illa facere possit, sed tantum quid fecerit. Damus itaque huius neglegentiae poenas tamquam nouis territi, cum illa non sint noua sed insolita. [3] Quid ergo? Non religionem incutit mentibus, et quidem publice, siue deficere sol uisus est, siue luna, cuius obscuratio frequentior, aut parte sui aut tota delituit? longeque magis illa, actae in transuersum faces et caeli magna pars ardens et crinita sidera et plures solis orbes et stellae per diem uisae subitique transcursus ignium multam post se lucem trahentium? [4] Nihil horum sine timore miramur. Et cum timendi sit causa nescire, non est tanti scire, ne timeas? Quanto satius est causas inquirere, et quidem toto in hoc intentum animo. Neque enim illo quicquam inueniri dignius potest cui se non tantum commodet, sed impendat.

4

[1] Quaeramus ergo quid sit quod terram ab infimo moueat, quod tanti molem ponderis pellat; quid sit illa ualentius quod tantum onus ui sua labefactet; cur modo tremat, modo laxata subsidat, nunc in partes diuisa discedat et alias interuallum ruinae suae diu seruet, alias cito comprimat; nunc amnes magnitudinis notae conuertat introrsum, nunc nouos exprimat; aperiat aliquando aquarum calentium uenas, aliquando refrigeret, ignesque nonnumquam per aliquod ignotum antea montis aut rupis foramen emittat, aliquando notos et per saecula nobiles supprimat. Mille miracula mouet faciemque mutat locis et defert montes, surrigit plana, ualles extuberat, nouas in profundo insulas erigit. Haec ex quibus causis accidant, digna res excuti.

[2] Quod, inquis, erit pretium operae? Quo nullum maius est, nosse naturam. Neque enim quicquam habet in se huius materiae tractatio pulchrius, cum multa habeat futura usui, quam quod hominem magnificentia sui dctinet nec mercede sed miraculo colitur. Inspiciamus ergo quid sit propter quod haec accidant. [3] Quorum adeo est mihi dulcis inspectio ut, quamuis aliquando de motu terrarum uolumen iuuenis ediderim, tamen temptare me uoluerim et experiri aetas aliquid nobis aut ad scientiam aut certe ad diligentiam adiecerit.

Traducción

1

[1] Hemos oído, Lucilio, el mejor de los hombres2, que Pompeya, la populosa ciudad de la Campania en la que convergen de una parte el litoral de Surrento y Estabias, de otra el de Herculano, y que se ciñen en una amena ensenada tras replegarse desde el mar abierto, se ha venido abajo por un terremoto, maltratando cualesquiera de las regiones adyacentes; y precisamente en los días de invierno, que nuestros mayores solían prometer que estaban vacíos de tal peligro3. [2] En las nonas de febrero4, durante el consulado de Régulo y Virginio5, sucedió este temblor, que devastó con gran estrago la Campania, nunca segura de este mal y, sin embargo, indemne y tantas veces librada del miedo. Pues una parte del pueblo de Herculano se arruinó e incluso a duras penas permanece en pie lo que ha quedado; y la colonia de Nuceria, cuyo estado no es catastrófico, pero sí lamentable. Nápoles también tuvo muchas pérdidas entre los bienes privados, ninguna entre los públicos, siendo alcanzada levemente por un ingente mal; aunque hay villas derruidas, por doquier temblaron sin daño. [3] A esto se añade lo siguiente: que perdió la vida un rebaño de seiscientas ovejas, que hay estatuas cercenadas, que después de esto hay algunos, conmocionados e impotentes, que andan errantes6.

El contexto de la obra propuesta exige tanto que examinemos las causas de estos hechos como congruente es el propio caso en este momento. [4] Hay que buscar consuelo para los trémulos y sustraerles del ingente temor. ¿Qué puede parecer, en efecto, lo suficientemente seguro para nadie, si el propio mundo resulta sacudido y se tambalean partes muy sólidas de él? Si fluctúa lo único que hay de inamovible y firme en él, que soporta todo lo que se viene contra él, si se echó a perder lo que tiene de propio la tierra, que es mantenerse en pie, ¿dónde se apoyarán entonces nuestros miedos? ¿Qué cobijo encontrarán los cuerpos, dónde se refugiarán solícitos, si el miedo nace del interior y los contrae hasta lo hondo? [5] Todo es consternación donde crujieron los techos y hubo señal de ruina. En ese momento cada cual se precipita de cabeza, abandona a sus penates y se confía a los lugares públicos. ¿Qué escondrijo se nos presenta delante, qué ayuda, si el propio orbe se dirige a la ruina, si lo que nos protege y sostiene, sobre lo que se asientan las ciudades, lo que algunos dijeron que eran los cimientos del orbe, titubea y cede? [6] ¿Qué puede servirte, no digo de ayuda sino de consuelo, cuando el temor echó a perder la huida? Pregunto, ¿qué hay suficientemente resistente?, ¿qué hay firme para la protección de uno mismo y la de otros? Repeleré al enemigo con un muro, y castillos en lo alto de un precipicio detendrán grandes ejércitos por su dificultad de acceso; el puerto nos libra de la tempestad; los techos expulsan la violencia vertida por las nubes y las aguas que caen sin fin; un incendio no persigue a los que huyen; las casas subterráneas y las cuevas excavadas en altura son remedios contra los truenos y amenazas del cielo ―el fuego celeste no atraviesa la tierra, pues se ve rechazado por su exigua barrera―; durante una peste es posible cambiar de residencia. No hay ningún mal sin escapatoria. [7] Los rayos nunca consumieron pueblos; un cielo insalubre vació ciudades, no se las llevó consigo. Este mal está ampliamente extendido y es inevitable, ávido, socialmente nocivo. En efecto, no solo consume casas, familias o ciudades aisladas: sumerge pueblos y regiones enteras, lo mismo las cubre de ruinas que las esconde en un profundo abismo, y no deja nada que aparente, de lo que no existe, al menos algo de lo que fue, sino que convierte en un solar ciudades muy conocidas sin vestigio alguno de su anterior aspecto.

[8] Y no faltan quienes teman más esta clase de muerte que les lleva al precipicio junto con sus residencias y que les aparta vivos del mundo de los vivos, como si todo destino no tendiera a un mismo fin. Esto tiene de particular, entre otras cosas, por justicia natural, que cuando se ha llegado al final, todos somos igualados. [9] Así pues, nada importa si me aplasta una piedra o me sepulta un monte entero; si se me viene encima el peso de una sola casa y expiro bajo un exiguo cúmulo de polvo, o si el orbe entero de la tierra esconde mi cabeza; si devuelvo esta alma bajo la luz del día y a cielo abierto, o en el vasto seno de la tierra entreabierta; si me voy solo hacia aquel lugar profundo o muy acompañado de pueblos que caen conmigo. Nada me interesa cuanta sea la turbación que se forme en torno a mi muerte; es exactamente la misma en todas partes.

[10] Por tanto, asumamos con gran ánimo esa catástrofe que ni se puede prever ni evitar, y dejemos de oír a esos que renunciaron a la Campania, que emigraron después de este suceso y que se niegan a acercarse jamás a aquella región. ¿Quién puede prometerles que este o aquel suelo se mantendrá en pie? [11] Todas las cosas son de esta suerte y, si aún no se han movido, se pueden mover. Quizá esta noche o este día antes del anochecer se desgarre ese lugar en que os habéis establecido con tanta seguridad. ¿De dónde sacas que reúnen mejores condiciones esos lugares en los que la fortuna ya consumió su energía y que en un futuro han quedado asegurados por su ruina7? [12] Nos equivocamos completamente si creemos que hay zonas de la tierra exentas e inmunes a este peligro. Todo subyace a una misma ley: la naturaleza no concibió nada de tal forma que se mantuviera inmóvil; otras cosas caen en otros momentos y, del mismo modo que en las grandes ciudades deja inestable ahora esta casa, ahora aquella, así también en este orbe de la tierra ahora esta parte presenta una anomalía, ahora aquella. [13] En alguna ocasión Tiro fue tristemente célebre por sus ruinas; Asia perdió doce ciudades a un mismo tiempo8; el año pasado provocó daños en Acaya y Macedonia9; da igual la intensidad de ese mal, que ahora sobreviene a la Campania. El destino da vueltas y, si ha transcurrido mucho tiempo, se repite. A algunos sitios raramente los sacude, a otros, con frecuencia; nada es inmune ni queda intacto. [14] No solo los hombres, que nacemos como algo breve y con caducidad: ciudades, costas y litorales de la tierra, y el propio mar están sometidos a la servidumbre del destino. Nosotros, sin embargo, prometemos que los réditos de nuestra fortuna van a perdurar, y creemos que la felicidad, que de todas las cosas humanas es la que más rápidamente se desvanece, va a tener cierto peso y duración. [15] Y a quienes prometen que todo es perpetuo, no les entra en la cabeza que esto mismo, sobre lo que nos mantenemos de pie, no es estable. Ni es una anomalía de la Campania o de Acaya, sino de todo suelo, el tener mala cohesión y desmoronarse por múltiples causas, o resistir en su totalidad, arruinándose parcialmente.

2

[1] ¿Qué estoy haciendo? Había prometido consuelo ante peligros extraordinarios y aquí estoy, anunciando lo que debe ser objeto de temor, afirmando que nada ofrece eterna tranquilidad, qué puede perecer y perderse. Pero cuando precisamente el temor no tiene remedio para los necios, en lugar de un consuelo ―precisamente lo más valioso― yo planteo lo siguiente: la razón expulsa el terror de la gente prudente, y en los ignorantes, su mayor seguridad depende de su desesperación. [2] Así pues, dicho esto en relación con el género humano, considera que me refiero a aquellos que se quedan estupefactos en súbito cautiverio entre los fuegos y el enemigo.

«La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna»

[3] Si no queréis temer nada, asumid que debemos temer a todo. Daos cuenta de cuánto nos afectan las causas más livianas: sin cierta mesura, para nosotros no son saludables ni la comida, ni la bebida, ni la vigilia, ni el sueño. Comprenderéis ya que somos cuerpecillos insustanciales y frágiles, lánguidos, que se pueden echar a perder sin gran esfuerzo. ¿De verdad que lo único que hay de peligro para nosotros es que tiemble la tierra, que de súbito se desplace y que se desplome lo que estaba en pie? [4] En gran estima se tiene quien se espanta de los rayos, de los terremotos y de las grietas. Consciente de su fragilidad, ¿descarta temer un resfriado? Está claro que hemos nacido así; nos ha tocado en suerte la más dichosa constitución física; con esta prepotencia hemos crecido. Y por esto, si no se mueve parte del mundo, si no truena el cielo, si no se hunde la tierra, ¡no podemos perecer! [5] El dolor de una uñita, el arranque, incluso no del todo sino de un trozo de ella, acaba con nosotros, ¿y yo, quien se sofoca con una saliva más espesa de la cuenta, voy a temer a la tierra estremeciéndose?, ¿me voy a atemorizar de que el mar se salga de su lecho y no de que sobrevenga un oleaje mayor del que suele traer en sus mayores corrientes de agua, cuando algunos se han atragantado con un mal trago que le entró por mal camino10? ¡Qué estúpido es horrorizarse del mar cuando sabes que te puedes morir por una gota!

[6] No hay consuelo mayor ante la muerte que la propia mortalidad; tampoco lo hay ante todas esas cosas que nos aterrorizan desde el espacio exterior que los innumerables peligros que existen en su propio seno. ¿Qué hay efectivamente más demencial que el que se produzcan truenos y nos escondamos bajo tierra por miedo a los rayos? ¿Qué hay más estúpido que temer las oscilaciones de la tierra o los súbitos desprendimientos de los montes y las irrupciones de un mar eyectado más allá del litoral, cuando la muerte está presta en todas partes y ocurre por todas partes y nada es tan exiguo que no tenga fuerza suficiente para perjudicar al género humano?

[7] Hasta tal punto eso no debe confundirnos, tanto como si tiene en sí de malo más que la muerte vulgar; por lo que, al contrario, cuando sea preciso abandonar la vida y dejar salir el alma, perecer se aceptará con mayor razón. Morir es inevitable, donde sea, cuando sea; aunque esa tierra esté y se mantenga en su sitio sin provocar ningún daño, estará sobre mí cuando sea. ¿Qué importa que yo me ponga sobre ella o que ella se ponga sobre mí? [8] Se desplaza en todas direcciones y con una potencia ingente, no sé a causa de qué mal, se resquebraja y me arrastra hacia la profundidad inmensa. ¿Y ahora qué? ¿Es más liviana la muerte sobre una llanura? ¿De qué me tengo que quejar si la naturaleza no quiere que yo yazca en un lecho sin nombre o si me aplasta una parte de ella? [9] Dice egregiamente mi amigo Vagelio11 en aquel ínclito poema:

«Si hay que caer, quisiera caer del cielo».

Me permito decir lo mismo: si he de caer, que caiga sobre un orbe sacudido, no porque sea de ley divina optar por una catástrofe pública, sino porque es un ingente consuelo ver que la tierra también es mortal.

3

[1] También nos llevaría a presumir la idea de que los dioses no tienen nada que ver con esto ni la ira de los númenes alteran el cielo o la tierra lo siguiente: que esas cosas tienen sus propias causas y no las enfurece un poder supremo, sino que las perturban ciertas anomalías, como a nuestros cuerpos; y entonces, cuando parecen provocar daño, lo están sufriendo. [2] No obstante, para nosotros, que ignoramos la verdad, todo eso es bastante terrible, tanto que su excepcionalidad aumenta el miedo a ello; lo familiar nos resulta más liviano; mayor espanto tenemos a lo insólito. Sin embargo, ¿por qué es insólito para nosotros? Porque interpretamos la naturaleza con los ojos, no con la razón, y no pensamos qué puede provocar aquella, sino solamente qué ha provocado. En consecuencia, pagamos el precio de este desinterés en la misma proporción en que nos aterrorizamos, cuando aquellas cosas no son nuevas ni insólitas. [3] ¿Entonces qué? ¿No produce un choque mental con la religión, incluso a nivel social, ya sea que veamos un eclipse de sol, ya sea que la luna, cuyo oscurecimiento es más frecuente, se oculte en parte o entera? Y mucho más que eso: antorchas que se desplazan a través del cielo iluminándolo en gran parte, y astros de larga cola, y múltiples halos alrededor del sol, y estrellas que se ven de día, y el paso súbito de centellas que dejan una gran luz tras de sí. [4] De nada de esto nos asombramos sin temor. Y puesto que el no saber es la causa de temer, ¿no es mejor saber para no temer? ¡Cuán suficiente es averiguar las causas y estar incluso atento a ello con total predisposición! Y efectivamente no hay nada que pueda hallarse más digno, no solo de prestarle tiempo, sino de dedicárselo.

4

[1] Busquemos entonces qué es lo que mueve la tierra desde su interior, lo que impulsa una mole de un peso tan grande; qué es más potente que ella, capaz de demoler tanta carga con su violencia; por qué unas veces tiembla y otras se hunde como si se desinflara, ahora cede fracturándose en partes, en otras se prolonga la duración de su ruina, en otras la compresión es rápida, ahora devuelve hacia su interior cursos de agua de notable caudal, ahora hace brotar otros nuevos, unas veces abre veneros de agua caliente, otras veces las enfría, no pocas veces emite fuego por alguna abertura anteriormente desconocida de un monte o de una roca, otras veces apaga los conocidos y mencionados durante siglos. Realiza mil milagros, modifica el paisaje y rebaja los montes, levanta llanuras, ensancha valles, erige nuevas islas en lo profundo. Es cosa digna de examinar por qué causas suceden estas cosas.

[2] Dices, ¿cuál será el precio del trabajo? No hay nada mayor que esto: conocer la naturaleza. Ni efectivamente el tratamiento de esta materia tiene en sí mismo nada más glorioso, aunque tenga mucha utilidad en el futuro, que el hecho de que aleja al hombre de su magnificencia, pues no le protegen ni una recompensa ni un milagro. Veamos entonces qué es por lo que suceden estas cosas. Hasta tal punto me resulta dulce su investigación que, aunque una vez de joven edité un volumen sobre los terremotos, me he propuesto sin embargo experimentar y probar si la edad aumenta en algo nuestro conocimiento o al menos nuestra capacidad.

Notas:

  1. Verso extraído de la Eneida de Virgilio (II, 354). ↩︎
  2. Lucilio profesaba una gran amistad a este tal Lucilio, de cuyos datos biográficos poco se sabe, pero que precisamente era oriundo de Pompeya. Séneca le dedicará sus Cartas a Lucilio. Estas cartas de contenido filosófico fueron escritas a lo largo de sus últimos tres años de vida y, por tanto, acabaría de redactarlas después de terminar sus Cuestionres naturales. ↩︎
  3. No traduzco uacare como estar exento porque arrojaría una connotación semántica errónea. Séneca emplea la expresión estar vacíos para significar que hasta ese momento no existía constancia de terremotos históricos en esa zona; estar exento daría a entender que geológicamente no era posible que sucediera. Por otra parte, traduzco periculum como peligro y no como riesgo, ya que este término —que actualmente significa la existencia de un peligro capaz de provocar daños— no existía en latín. ↩︎
  4. El 5 de febrero del 63 d. C. ↩︎
  5. Es una teoría ampliamente aceptada que la referencia a este consulado es una interpolación posterior inexistente en el texto original, ya que no era habitual que un autor empleara este tipo de hitos temporales cuando se están describiendo hechos del presente. Según Emanuela Guidoboni (op. cit), la interpolación pudo haber sido realizada en tiempos de Tácito. ↩︎
  6. Con esta relación de daños y efectos, me atrevería a proponer un terremodo de magnitud 5,5-6,5º con hipocentro muy superficial. ↩︎
  7. La frase es compleja de interpretar, pero parece que el autor relaciona los terremotos con la fortuna. Cuando dice que la fortuna consumió su fuerza o violencia (uir), cabe entender que se refiere a la energía liberada por los terremotos; y cierto es que después de un terremoto transcurre un período de tiempo, más o menos largo, hasta que se acumula de nuevo energía suficiente para un nuevo evento sísmico de magnitud destructiva. Por tanto, Séneca podría estar insinuando que en aquellos lugares donde la fortuna ya los destruyó están libres de una nueva destrucción por el mismo fenómeno y de ahí que continúe diciendo que su propia ruina las afianza en un futuro. ↩︎
  8. Muy probablemente se refiere al violentísimo terremoto del año 20 d. C., del que Moreira de Mendonça afirma que quedaron arrasadas 13 ciudades, entre ellas, Éfeso. ↩︎
  9. Acaya y Macedonia se hallaban al norte del Peloponeso y de Grecia, respectivamente. Los catálogos sísmicos no se hacen eco de este terremoto, pero sí sabemos de otro que debió ser ampliamente sentido alrededor del Egeo y que tuvo su epicentro en las proximidades de la ciudad de Laodicea, en la actual Turquía. Según Moreira de Mendonça (op. cit.), destruyó las ciudades de Laodicea, Hierápolis, situada a 8,5 km al N de la primera, y la de Colosas, a 14 km al ESE de la misma, con especial repercusión sobre Laodicea que, a pesar de ello, fue rápidamente reconstruida gracias a la riqueza de sus habitantes. ↩︎
  10. La traducción literal de lapsa per fauces sería deslizada por la garganta, pero la típica expresión española admite esta licencia. ↩︎
  11. Muy probablemente se refiere al senador romano Lucio Vagelio, cuya obra poética no se ha conservado, aunque el comentario de Séneca apunta a que fue compartida al menos con su círculo de amigos. ↩︎